Cachitos de vinilos y celuloide

Tiempo de lectura: 3 minutos

Como ya sabéis, me gusta incluir en el repertorio alguna pieza rescatada del olvido. Sin embargo, hoy voy a ir más allá. Parafraseando a ese programa de La 2 que ya es un referente, trataré el tema del reciclaje en las bandas sonoras.

No me estoy refiriendo a esa música recopilada que luego se inserta para acompañar las imágenes (como os expliqué aquí). Os traigo algunos temas de bandas sonoras que ya habían sonado a su vez en otras películas. Es decir, se repiten. No es algo frecuente, pero tenemos varios ejemplos como estos:

Del baile frenético a la aparente serenidad

Comienzo por el caso que más llamó mi atención. Nunca había escuchado este atípico tema de amor… hasta que lo descubrí en la historia protagonizada por Leonardo Sbaraglia y Walter Donado en la argentina “Relatos salvajes”. No podía evitar que esa melodía relajante con fondo electrónico penetrara en mis oídos mientras contemplaba la escena del vídeo. Tanto, como para querer reproducirla y difundirla en concierto. No en vano, algunos ya la conocéis por haberla tocado.

Lo sorprendente de esta anécdota fue averiguar que su autoría no era de Gustavo Santaolalla, sino de Giorgio Moroder. Nada más que compuesta por el italiano para “Flashdance”… ¡hace treinta y ocho años! Y, si me permitís el lenguaje de aquella década, ¡cómo molaba ese sonido ochentero!

Mismo título, misma música

Toda la vida pensando que la “Storm Cloud Cantata” – pieza clave en la intriga de “El hombre que sabía demasiado”, de Alfred Hitchcock – pertenecía a Bernard Herrmann (cuya trayectoria podéis recordar aquí). Sin embargo, en el remake de 1956 él sólo se limita a dirigirla en el Royal Albert Hall. Algo que, por razones obvias de edad, no pudo hacer aún en la original de igual título de 1934… ¡pues dicha cantata aparecía también en ella! Es decir, que el “mago del suspense” volvió a servirse de la misma música creada por Arthur Benjamin.

Dura más de ocho minutos, pero su parte más conocida es la del clímax final. Os recomiendo que, si no habéis visto la película, disfrutéis sólo el audio. Tal vez, eso sí, os desconcierte un grito que fue añadido por exigencias del guión.

De Florencia a Jerusalén

Ridley Scott, como director, repetía al igual que Hitchcock. Pero no los compositores – Hans Zimmer y Harry Gregson-Williams -, ni ninguno de los dos era el autor del “Vide cor meum” que sonaba tanto en “Hannibal” como en “El reino de los cielos”. Una pieza operística de Patrick Cassidy basada en un poema de Dante Alighieri que encaja muy bien en las escenas de ambas películas (pese a las diferentes épocas).

¿Plagio, o inspiración para una genialidad?

Hasta John Williams se vio implicado a su pesar en esta táctica de la reutilización. Recordaréis que en el artículo sobre la trilogía clásica de “Star Wars” que podéis releer aquí, incluso se le acusó de copiar a Erich Wolfgang Korngold su tema principal para “Abismos de pasión” en el de “Una nueva esperanza” (y del resto de la saga).

En aquella ocasión no os puse la causante de la discordia. Como seguro que tenéis ya en mente el de Williams, juzgad vosotros mismos.

No obstante – como ya expresé entonces -, en mi opinión tomar como referencia algunas notas de otras melodías no significa plagiar siempre que después el desarrollo sea distinto. Algo que no sucede – todo hay que reconocerlo – con el tema del mar de dunas de Tatooine, casi exacto a este pasaje de “La consagración de la primavera”, de Stravinsky.

Reinventándose

Por último, hay también músicos que se “autoalimentan”. O, dicho con otras palabras, generan algunas de sus obras a partir de suyas anteriores. Puede ser perfeccionando un fragmento, como os expliqué con Miklós Rózsa aquí respecto a esos paralelismos entre dos piezas de las bandas sonoras de “Ben Hur” y “Quo Vadis”.

Y luego estaba aparte James Horner (a quien dedicamos un programa especial en “Estamos de cine” cuyo enlace tenéis aquí). Podemos apreciar que muchas de sus bandas sonoras parten de la base de otras que ya había compuesto. No hay más que prestar atención al comienzo de “El hombre bicentenario” y “Una mente maravillosa”. Pero, además, también pulía algunas piezas de música “clásica” para incrustarla entre la suya. Ejemplos los tenemos en “Willow” (Sinfonía nº 3 de Schumann), o “La máscara del Zorro” (suite nº 1 de “Carmen” de Bizet). Lástima que siempre omitió ese pequeño detalle.

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