Cómo y por qué escuchar a Ennio Morricone

Tiempo de lectura: 3 minutos

Todo el mundo está escribiendo sobre el Maestro, centrándose en muchas de sus bandas sonoras. Lo que leo se limita a ensalzarlas, a explicar cómo él las creó, o por qué las melodías encajaban con las imágenes de cada escena. Sin embargo, opino que olvidan algo que puede resultar más útil, sobre todo para quienes suponen que Ennio Morricone era un “abuelo” anticuado y no puede transmitirles nada nuevo en esta época.

Por ello pensé que era el momento de publicar un artículo sobre cómo yo percibo su música. No es fácil plasmar con palabras una sensación auditiva subjetiva; pero voy a intentar “diseccionar” los detalles en los que me fijo cuando lo escucho y que me han permitido aprender a disfrutarlo más. Además, lo haré con varias de sus obras menos famosas o tildadas como “menores”. Espero ayudar también a aquellos seguidores que hayan podido obviar esos matices.

De lo básico a lo complejo

Uno de los sellos de las melodías principales de Morricone es su claridad y sencillez. Cualquiera que tenga entrenado el oído puede incluso identificar las notas. Esto se debe a que empleaba intervalos poco rebuscados. Es decir, las distancias entre cada sonido son muy naturales: Segundas, terceras, o cuartas y quintas justas. Aquí ya me dirijo a quienes tengan algunos conocimientos musicales, pero la idea para el resto es ésa.

Otra cuestión son los acompañamientos, con frases secundarias que se van entrelazando y mezclando. En este “Chi Mai” (“El profesional”) – dirigido por él mismo – apreciamos lo básico en los violines y lo complejo en el clavicémbalo, la percusión, la guitarra…

Modernidad y autenticidad

Ya lo habéis podido comprobar en el vídeo. Morricone fue siempre un innovador. Combinó instrumentos “clásicos” que predominan en cualquier orquesta con otros menos habituales, si consideraba que sonaban más genuinos o aportaban al conjunto.

Tenemos ejemplos en los títulos de inicio de “El bueno, el feo y el malo”. Allí distinguimos con total nitidez el aullido de un chacal, disparos y el galopar de los caballos.

En cuanto a la lista de instrumentos no tan usuales en bandas sonoras, la lista sería larga: La pianola o la flauta andina en “Érase una vez en América”; la armónica en “Hasta que llegó su hora” y “Los intocables de Elliot Ness” (ver su artículo aquí); el órgano en “Sacco y Vanzetti”, o el sonido de un reloj en “La muerte tenía un precio”. Incluso los coros de “La Misión” proyectaban sus voces como si fueran guaranís.

Una de sus piezas más modernas es el tema de “Frenético”, donde Morricone introduce batería, bajo y un riff de guitarra eléctrica para esos ritmos complejos de los que os hablaba en el apartado anterior, mientras los violines tocan la parte más audible.

Ésta es la versión que aparece en los títulos iniciales, pero os recomiendo la extendida.

La luminosidad

A diferencia de otros compositores que se mueven en la oscuridad, Morricone suele huir de ella. Con algunas excepciones obligadas por la temática de la película, es un músico alegre y de estilo sensible. Puede caer en la melancolía, pero no en las sombras. De hecho, tiene obras en las que éstas parecen planear pero que son disipadas por la brillantez de unas notas que emergen como un amanecer.

Esto sucede, por ejemplo, en el tema principal de la serie “El secreto del Sáhara”. La introducción – con el viento como solista – perfila las arenas del desierto, con unas voces misteriosas de fondo. Hasta el minuto 1:45, donde la luz acaba por superponerse.

El juego orquestal

Por último, Morricone es un genio también por cómo planificaba las intervenciones de los diferentes instrumentos para conseguir el objetivo que deseaba. El tema principal de “El clan de los sicilianos” quizá es el que mayor número de timbres tiene en escena. Y si no, contad cuántos músicos van entrando hasta llegar al conjunto final.

Como veis, son unas características bastante concretas. De todas formas, tampoco os preocupéis demasiado si no podéis apreciarlas. El oído humano es capaz de seleccionar lo que más gusta. La propia esposa de Don Ennio – Doña Maria – actuaba como su filtro particular para recomendarle qué desechar, sin tener estudios en música. A la vista del legado que nos ha dejado el Maestro, parece que no le resultó tan difícil acertar…

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