“Dunkerque”: El Zimmer más funcional

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Una semana. Un día. Una hora. Ése es el tiempo que falta para que las tres perspectivas de la película – tierra, mar y aire – converjan en el escenario del llamado “milagro de Dunkerque”. Para que los resistentes sean rescatados por las embarcaciones, mientras los pilotos impiden que los alemanes los ametrallen.

Con esta premisa Christopher Nolan rodó la recreación de uno de los episodios más angustiosos y cruciales de la II Guerra Mundial. Las tropas aliadas habían quedado sitiadas en un rompeolas, esperando su evacuación. Mientras tanto, los enemigos avanzaban hacia la playa. No se sabía cuánto podrían aguantar. Además, sus bajas podían decantar la victoria final para los nazis.

Máximo realismo

Nolan quería ser genuino y fiel a esta historia, en cuanto a generar incertidumbre en el espectador. Éste no tenía que empatizar con nadie concreto porque cualquiera de los atrincherados en el espigón podía ser el protagonista. Sin embargo, al tratarse de un hecho verídico, no podía engañar con otro desenlace ni obviar a los oficiales que estuvieron al mando. Así que convirtió en anónimos a los soldados sin mencionar sus nombres e inventó los de otros militares. De hecho, no los sabríamos si no fuera por los títulos de crédito de la película.

No obstante, el realismo de “Dunkerque” es contenido. Apenas vemos sangre como sucede en “Salvar al soldado Ryan”, de Steven Spielberg, ni mareantes movimientos de cámara. Sólo la visión que tiene cada involucrado en la contienda.

Lo explicamos mejor en el podcast de “Estamos de cine” que podéis escuchar aquí

El sonido de la guerra

La música de Hans Zimmer también debía contribuir a que el público experimentara dicha sensación. Los efectos sonoros se superpondrían a la melodía para reconstruir esa atmósfera bélica. Algo similar a lo que Zimmer había hecho ya con Nolan en “Origen” e “Interstellar” en cuanto a la obsesión por el tiempo. Sin embargo, “Dunkerque” fue más allá en esta trilogía.

Ahora ya no es relativo. El metraje no se ajusta al de ninguna de las perspectivas, pero el reloj acelera como un cronómetro. Su tic tac rápido y continuo marca que cada vez hay un menor margen de maniobra. Una música que estresa tanto como las imágenes.

A ello hay que añadir que no hay un instrumento protagonista. Zimmer opta por mezclar sonidos de helicópteros, de motores y de sirenas por encima del del reloj. En el caso de las últimas, con tres notas iguales de las cuales la tercera es la misma pero más grave. Un zumbido que, repetido de manera constante, consigue que el oyente se obsesione con él.

Por si este conjunto sonoro no fuera suficiente, el compositor aún introduce otra línea melódica electrónica. Un unísono que a veces asciende y otras desciende, pero que siempre tiene una característica común: Los intervalos se mueven en pequeñas distancias, sobre todo semitonos, que contribuyen a crear una mayor tensión. Y, además, in crescendo.

El ejemplo que condensa toda esta explicación tan compleja de imaginar es este fragmento de “Supermarine”. Seguro que os ayuda.

Zimmer tan sólo relaja ese clima de angustia en la parte final, cuando se ha producido la heroicidad. Para este momento, aparte de componer unos temas más suaves, recurre a una famosa obra de Edward Elgar – un autor británico del S. XIX – para mostrar esa imagen poética del avión pilotado por el personaje de Tom Hardy a lo largo de la playa.

No obstante, en la película suena una variación de este “Nimrod”, arreglada por Benjamin Wallfisch.

Con esta banda sonora tan conceptual e impersonal, Hans Zimmer volvió a demostrar que es uno de los músicos de cine más modernos, innovadores y originales de la actualidad. Ha evolucionado desde los años 80 sabiendo adaptarse a lo que los nuevos tiempos demandaban. De hecho, se ha convertido en una influencia clara para otros compositores.

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