“Moulin Rouge”: La imaginación al poder

Tiempo de lectura: 3 minutos

Recuerdo que en su día no pude ver la película en el cine. Lo hice durante un viaje en autobús con la Coral Oscense y confieso que me atrapó. Era un musical diferente a los que había visto hasta entonces. ¿Cómo era posible que aquella serie de temas pop-rock tan variados encajaran en una historia que transcurría en el París de 1900?

La respuesta la obtuve de mi amigo Javi, un gran seguidor de Baz Luhrmann. Este director australiano actualiza los clásicos. Tenemos los ejemplos de “Romeo y Julieta” o “El gran Gatsby”, además de este “Moulin Rouge”, que readaptaba la película de John Huston.

El bohemio soñador

El protagonista de esta nueva versión es Christian (Ewan McGregor), un joven escritor que se instala en el barrio de Montmartre. Allí conoce a otros artistas que frecuentan lugares como el famoso Moulin Rouge. Al visitarlo queda deslumbrado por la bella estrella del cabaret, Satine (Nicole Kidman), de la cual se enamora. Pero, como en todo guión romántico que se precie, se darán unas circunstancias que dificultarán que sea correspondido. La principal, un Duque (Richard Roxburgh) que se ha encaprichado también de Satine y que tiene dinero suficiente como para solucionar los problemas económicos por los que atraviesa el local.

Una estrella de verdad

Como en otros musicales cinematográficos, son los actores quienes cantan. Unos con mayor calidad y otros con menos. En “Moulin Rouge” se salvan todos, incluso en temas de dificultad técnica como Ewan McGregor con “Your song” (Elton John), acompañado de fondo por Plácido Domingo. Aunque la que brilla con luz propia, por su personaje, su atractivo y su voz es Nicole Kidman. Se nota que ese mismo año había hecho sus pinitos con Robbie Williams con aquel “Something stupid” (que en su día popularizara Nancy Sinatra).

Nicole estuvo nominada a los Oscars, pero fue su compañero de reparto Jim Broadbent (Harold Zidler) quien se llevó el gato al agua. Tanto en los máximos galardones de Hollywood – si bien por su papel en “Iris” – como premiado en otros eventos por su timbre grave y potente en “Moulin Rouge”. Quizá ésta sea una de sus mejores intervenciones en la película, junto a la propia Kidman, en un homenaje a Freddie Mercury (también hablé aquí de su biografía en “Bohemian Rhapsody”):

Los recursos de Luhrmann

Si escucháis la rompedora banda sonora, comprenderéis por qué la selección musical complementa al argumento. He aquí algunas pistas:

  • Contiene temas que ayudan a explicar la historia, como ese “Nature Boy” de David Bowie para describir a Christian, o este “Sparkling diamonds”, que Marilyn Monroe interpretaba en “Los caballeros las prefieren rubias”. Su letra evidencia que los diamantes tientan a las chicas porque son sus mejores amigos. Una afirmación que se repetirá con la “Material girl” de Madonna.

  • Ilustra el desenfreno y sensualidad que hay en el Moulin Rouge, a través de canciones como “Because we can” (Fat Boy Slim), “Lady Marmalade” (uno de los videoclips más recordados con Christina Aguilera, Pink, Mya y Lil’ Kim recuperando el éxito de Labelle) o “Rhythm of the night” (Valeria).
  • Mantiene el contexto francés y el espíritu reivindicativo de esos artistas transgresores en varios temas: “Complainte de la butte” (con Rufus Wainwright redescubriendo a Mouloudji) o “Children of the revolution” (con Bono, de U2, versionando a Rex).
  • Incluye medleys con melodías muy reconocibles para el espectador que suelen girar en torno al amor y cuyas letras casan con lo que sucede en la película. El ejemplo más claro es el del elefante, en el que pasamos por Beatles, U2, Communards, Joe Cocker o Whitney Houston, entre otros.

¿Quién dijo que las versiones no podían superar al original?

Hay un tema de esta banda sonora que merece un capítulo aparte. Son muchos los que piensan – entre los que me incluyo – que fue un acierto fusionar “Roxanne”, la célebre canción pop de Police, con uno de los bailes más sensuales que existen: El tango. Su letra sobre las mujeres que se dejan comprar (enfatizada por la voz de José Feliciano), entremezclada con ese conjunto de violines, otros instrumentos de cuerda y piano y que termina con un éxtasis coral, construye un auténtico frenesí musical.

Por último, Baz Luhrmann nos reservó para el final unos títulos de crédito aún más eclécticos. Un bolero con una tranquila introducción pianística, pero que va creciendo en ritmo e intensidad, con una batería marcándolos. La velocidad aumenta poco a poco, tomando el protagonismo los violines como si de un concierto de Mendelssohn para este instrumento se tratara.

En resumen, todo un cabaret de fusión para disfrutar y sentir.

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